(Un trabajo de la materia Taller de Redacción II - UAA 2019)
Entre
la curiosidad que tuve esta semana, decidí preguntarle nuevamente a mi madre
sobre su vida en la lejana ciudad de Concepción.
La ciudad que yo llamo lejana no está tan lejos de Asunción, lugar donde residimos actualmente. Son como unas cinco o seis horas de viaje y la llamo así por las diferencias que tuvo y tiene hasta hoy en día con la urbanización de la capital.
La ciudad que yo llamo lejana no está tan lejos de Asunción, lugar donde residimos actualmente. Son como unas cinco o seis horas de viaje y la llamo así por las diferencias que tuvo y tiene hasta hoy en día con la urbanización de la capital.
Recuerdo
que viajé muchas veces a esa ciudad. Eran veces en que tenía que acompañar a mi
madre para visitar a nuestros parientes y también recuerdo que odiaba el lugar,
más bien por la cantidad de arena que entraba en mis zapatos y lo fastidioso
que era estar "en medio de la nada”.
Los
vecinos estaban a cada cinco cuadras y los almacenes no tenían jugo Ades ni papas fritas. En ese entonces
sólo tenía siete años y odiaba viajar a la
campaña. Fue entonces que tuve curiosidad de saber por qué a mi madre le
gustaba tanto ir allí:
-¿Qué era lo que extrañaba de su vida en Concepción?
-¿Qué era lo que extrañaba de su vida en Concepción?
La
pregunta debió de ser como un bucle para ella, pero se dice que una persona
interpreta una frase o una historia de una manera distinta, a medida que va
madurando. Y quise experimentarlo. La pregunta se dio y ella volvió a
responderme lo mismo.
Decía
que la vida era muy sacrificada para sus padres, pero como ellos eran niños no
lo podían notar. Ña Victorina, mi abuela, tuvo a su primer hijo a los dieciséis
años de edad, y luego le siguieron otros doce hijos más.
Tuvo
ocho niñas y cinco varones, todos eran criados de la misma forma tradicional,
pues el padre, mi abuelo Don Críspulo, con su carácter militar, fue quien los
educó. Los niños debían “ser fuertes”
y con ello vendrían muchos años de disciplina militar. Sin llantos cuando
deberían llorar y sin piedad cuando deberían mostrar su fuerte personalidad.
Mientras que las niñas se quedaban a trabajar, aprendían a cocinar y ayudaban a
servir la casa luego de venir de la escuela a la que sólo asistirían hasta que
sus padres se cansaran de pagarles la escolaridad.
Al
no tener el dinero suficiente para pagar la educación a todos sus hijos,
ninguno quedaba exento del duro trabajo que debían realizar todos los días.
Trabajando arduamente sin importar la edad, iban a recoger los blancos
algodones, luego de ver despertar al sol nostálgico del campo.
Los
varones mayores eran los que debían salir de la casa para ir a trabajar en
otra, donde quedaba a disposición del patrón en cuanto a los estudios se
tratase. Algunos venían los fines de semanas y los otros luego de años.
No
importaba cuánto trabajo hayan tenido o cuántos golpes habían recibido, pues
disfrutaban de todo, del día, de la noche, del trabajo, de la escuela, siempre
encontraban algo con qué divertirse.
Las
travesuras infantiles tenían siempre un castigo, y como debería de ser, el
padre les mostraba nuevamente el cinto.
El castigo no sólo era para los niños, sino también la “culpable” era la mamá,
por permitirles ese albedrío.
La
escasez de enseñanza los sumía en una inocente ignorancia que, si tuvieran un
poco más de conocimiento, los podrían llamar rebeldes al rebelarse ante sus
padres que solían castigarlos inhumanamente. Nadie podía decir nada, lo tomaban
con tanta normalidad que formaba parte de la educación en casa.
Eran buenas
épocas aquellas, donde uno disfrutaba visitar y ser visitado. Uno nunca se
cansaba de los parientes que venían a sus casas, aunque viniesen en multitud.
Traían sopas, chipas, budines y muchas cosas más. Querían a todos sus
familiares, no importaban si no los conocían, igual eran felices de saber que
tenían más primos y primas. Recuerda que envidiaban a sus primas que llevaban y
presumían sus llamativos vestidos color amarillo, y que eran llamadas por sus
nombres completo para alardear también de ello.
-¡Francisca Mabel Chávez!
-¡Josefina María
Belén Valiente de la Cruz!
Eran
nombres que nunca podría olvidarse porque les causaba gracia y regocijo. ¡Mi
madre también quería que la llamasen de esa forma!
Iban
a los festivales patronales de la ciudad, donde a veces tenían que esconderse o
simplemente ser castigadas por ello al asistir sin permiso de sus estrictos
padres.
“No importaba, con tal de disfrutar del
momento y de perderse de nada”, eso era lo que decía mi madre.
No
había tanta preocupación, a pesar de la presión del trabajo y de los castigos
que encontraban en la casa.
¿Qué era lo que
extrañaba de su vida en la lejana Concepción? ¿Extrañaba los castigos, las
discusiones, los trabajos?
No,
ella extrañaba esa vida de campo, esa inocencia e ignorancia al conocer algo
nuevo, la manera en que disfrutaban la vida y extrañaba lo desconocido.
Extrañaba
ver el cielo en la oscuridad total, donde se veían millones de estrellas,
extrañaba el atardecer viajando en una carreta. Extrañaba los festivales
patronales y a su numerosa familia. Y extrañaba su humilde hogar que guardaba a
todos los trece hermanos que ahora están separados.
Extrañaba
a su Concepción y lo sigue adorando, porque, por más de que hayan cambiado
muchas cosas (“modernidad”), se sigue conservando la tradición. Y sigue
visitando a sus parientes, porque la vida entre ellos, su familia de la
campaña, siempre fue la misma.
-Tal parece que
vivir en una zona alejada, donde no hay lo que acá sí, nos hace más feliz por
el hecho de que convivimos con cosas a las que no estamos acostumbrados y nos
hace volver a conocer y a aprender una nueva vida. De igual forma, aún no
pienso volver a esa ciudad, pero siempre es bueno tener a alguien que me
conecte a ella, pues ahora veo cosas que antes no veía.
Eso
fue lo que me contó mi madre sobre aquellos días en el campo.

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