lunes, 25 de marzo de 2019

Aquellos días en el campo...


 Rocío Soria

(Un trabajo de la materia Taller de Redacción II - UAA 2019)


Entre la curiosidad que tuve esta semana, decidí preguntarle nuevamente a mi madre sobre su vida en la lejana ciudad de Concepción. 
La ciudad que yo llamo lejana no está tan lejos de Asunción, lugar donde residimos actualmente. Son como unas cinco o seis horas de viaje y la llamo así por las diferencias que tuvo y tiene hasta hoy en día con la urbanización de la capital.
Recuerdo que viajé muchas veces a esa ciudad. Eran veces en que tenía que acompañar a mi madre para visitar a nuestros parientes y también recuerdo que odiaba el lugar, más bien por la cantidad de arena que entraba en mis zapatos y lo fastidioso que era estar "en medio de la nada”.
Los vecinos estaban a cada cinco cuadras y los almacenes no tenían jugo Ades ni papas fritas. En ese entonces sólo tenía siete años y odiaba viajar a la campaña. Fue entonces que tuve curiosidad de saber por qué a mi madre le gustaba tanto ir allí: 
-¿Qué era lo que extrañaba de su vida en Concepción?
La pregunta debió de ser como un bucle para ella, pero se dice que una persona interpreta una frase o una historia de una manera distinta, a medida que va madurando. Y quise experimentarlo. La pregunta se dio y ella volvió a responderme lo mismo.
Decía que la vida era muy sacrificada para sus padres, pero como ellos eran niños no lo podían notar. Ña Victorina, mi abuela, tuvo a su primer hijo a los dieciséis años de edad, y luego le siguieron otros doce hijos más.
Tuvo ocho niñas y cinco varones, todos eran criados de la misma forma tradicional, pues el padre, mi abuelo Don Críspulo, con su carácter militar, fue quien los educó. Los niños debían “ser fuertes” y con ello vendrían muchos años de disciplina militar. Sin llantos cuando deberían llorar y sin piedad cuando deberían mostrar su fuerte personalidad. Mientras que las niñas se quedaban a trabajar, aprendían a cocinar y ayudaban a servir la casa luego de venir de la escuela a la que sólo asistirían hasta que sus padres se cansaran de pagarles la escolaridad.
Al no tener el dinero suficiente para pagar la educación a todos sus hijos, ninguno quedaba exento del duro trabajo que debían realizar todos los días. Trabajando arduamente sin importar la edad, iban a recoger los blancos algodones, luego de ver despertar al sol nostálgico del campo.
Los varones mayores eran los que debían salir de la casa para ir a trabajar en otra, donde quedaba a disposición del patrón en cuanto a los estudios se tratase. Algunos venían los fines de semanas y los otros luego de años.
No importaba cuánto trabajo hayan tenido o cuántos golpes habían recibido, pues disfrutaban de todo, del día, de la noche, del trabajo, de la escuela, siempre encontraban algo con qué divertirse.
Las travesuras infantiles tenían siempre un castigo, y como debería de ser, el padre les mostraba nuevamente el cinto. El castigo no sólo era para los niños, sino también la “culpable” era la mamá, por permitirles ese albedrío.
La escasez de enseñanza los sumía en una inocente ignorancia que, si tuvieran un poco más de conocimiento, los podrían llamar rebeldes al rebelarse ante sus padres que solían castigarlos inhumanamente. Nadie podía decir nada, lo tomaban con tanta normalidad que formaba parte de la educación en casa.
Eran buenas épocas aquellas, donde uno disfrutaba visitar y ser visitado. Uno nunca se cansaba de los parientes que venían a sus casas, aunque viniesen en multitud. Traían sopas, chipas, budines y muchas cosas más. Querían a todos sus familiares, no importaban si no los conocían, igual eran felices de saber que tenían más primos y primas. Recuerda que envidiaban a sus primas que llevaban y presumían sus llamativos vestidos color amarillo, y que eran llamadas por sus nombres completo para alardear también de ello.
-¡Francisca Mabel Chávez!
-¡Josefina María Belén Valiente de la Cruz!  
Eran nombres que nunca podría olvidarse porque les causaba gracia y regocijo. ¡Mi madre también quería que la llamasen de esa forma!
Iban a los festivales patronales de la ciudad, donde a veces tenían que esconderse o simplemente ser castigadas por ello al asistir sin permiso de sus estrictos padres.
No importaba, con tal de disfrutar del momento y de perderse de nada”, eso era lo que decía mi madre.
No había tanta preocupación, a pesar de la presión del trabajo y de los castigos que encontraban en la casa.
¿Qué era lo que extrañaba de su vida en la lejana Concepción? ¿Extrañaba los castigos, las discusiones, los trabajos?
No, ella extrañaba esa vida de campo, esa inocencia e ignorancia al conocer algo nuevo, la manera en que disfrutaban la vida y extrañaba lo desconocido.
Extrañaba ver el cielo en la oscuridad total, donde se veían millones de estrellas, extrañaba el atardecer viajando en una carreta. Extrañaba los festivales patronales y a su numerosa familia. Y extrañaba su humilde hogar que guardaba a todos los trece hermanos que ahora están separados.
Extrañaba a su Concepción y lo sigue adorando, porque, por más de que hayan cambiado muchas cosas (“modernidad”), se sigue conservando la tradición. Y sigue visitando a sus parientes, porque la vida entre ellos, su familia de la campaña, siempre fue la misma.
-Tal parece que vivir en una zona alejada, donde no hay lo que acá sí, nos hace más feliz por el hecho de que convivimos con cosas a las que no estamos acostumbrados y nos hace volver a conocer y a aprender una nueva vida. De igual forma, aún no pienso volver a esa ciudad, pero siempre es bueno tener a alguien que me conecte a ella, pues ahora veo cosas que antes no veía.
Eso fue lo que me contó mi madre sobre aquellos días en el campo.

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